Cuando uno implota
su propio ser vuelve
sobre si mismo.
Esta introexplosión
hace que desparramemos
minúsculas partes
de nuestro invisible ser real
hacia las entrañas
que nos conforman.
Los impactos de esas
partículas suelen
causar inmesurables
- o no tanto, pero casi-
desconfiguraciones del si.
El dolor, proviene del hecho
de que los autoproyectiles
son, justamente, fragmentos
de nuestra propia entropía.
¿Qué puede causar más dolor
-no por su naturaleza intrínseca,
sino por la familiaridad
con que nos van perforando
al entrar en las capas-
que esos lozanos autoimpactos?
Yazgo aquí, bombardeada
por mi propia complexión.
