Vengo caminando por Rivadavia, de vuelta de la ciudad de los fármacos, cuando ya mis ojos divisan dos señores: uno canoso y otro más bien en lucha con su propia testoterona. Cigarrilo en mano, camperita azul marino, o algo así. Acercóme, dispuesta a refugiarme de las gotitas de mutantes tamaños. Entonces...
Roberto: Ay que día, che.
Ricardo: Puf, ni digas.
Roberto: Hoy está como para darle a cualquier cosa. Linda, fea, lo que sea.
Ricardo: Claaaro.