No remilgo



para vos, que hace rato venís con ganas de cantarle las cuarenta,
para vos, que arrastrás esa antigua timidez,
para vos, que te cansaste de los correos kilométricos sin eficacia,
para vos que querés expresarte sin remilgo,
para vos, querido, querida,
para el interminable alivio de tu cortedad,
y para la alegría de tu conchudismo,
enviale una postal.



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¡UPDATE!
La cortadurita ya no tenía forma triangular.
Esmalte si, rodillas si, sábanas definitivamente no,
el pelo ¡The Shame!
Pleura y más allá, los gemiditos salieron por los ojos.
¿La camisa? Pucha, me olvidé.


Quiero despertarme en un departamento que no es el mío
estirar despacito las piernas, mirarme la cortadurita mini-triangular,
el esmalte rojo carmesí, las rodillas tibias,
darme vuelta y enredarme en mi propio pelo suelto.
Quiero levantarme, y volver a taparme, con unas sábanas
que yo jamás hubiese comprado,
embadurnarme con un olor que me cosquillea hasta la pleura,
mirar a mi alrededor y tomarme cinco micro segundos
para no soltar reiterados gemiditos de alegría.
Quiero mirar con desdén mi remera rosa de tigre agazapado
y escurrirme sin vergüenza en la camisa celeste pálido
que deberá acostumbrarse a mis malos tratos.
Como en las películas,
quiero aparecer rigurosamente
despeinada, descalza y pálida y encerrarte en mi.


El seguimiento